miércoles, 5 de agosto de 2015

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

EL SEÑOR SE NOS MANIFIESTA



Esta fiesta recuerda la escena en que Jesús, en la cima del monte Tabor, se apareció vestido de gloria, hablando con Moisés y Elías ante sus tres discípulos preferidos, Pedro, Juan y Santiago.

Dios nos salva y nos da una vocación santa, es una llamada para poder trascender todo lo que hacemos y todo lo que vivimos, y desde luego no lo ha hecho por nuestros méritos ni por nuestras buenas obras, lo ha hecho por puro amor y en gratuidad.

Hoy el Señor se transfigura delante de nosotros, que es como decir que le reconocemos, y lo hacemos además como Señor, muchos le verán pero no le verán, muchos oirán su nombre pero no le reconocerán, el Señor se transforma y a su vez nos transforma a nosotros, Él cambia nuestras vidas.

Cuando el Señor se transfiguró ante los discípulos todos experimentaron lo bien que se estaba en esa presencia mística, como se alcanzaba un grado que superaba todo lo terreno, por eso decimos que estar con el Señor en este mundo, reconocerle, es lo más parecido a la vida eterna, la cual esperamos, añoramos y deseamos.

En esa presencia mística del Señor, se oyó una voz que decía; “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo”.

Esas palabras, ese rostro de luz en el Señor, nos da confianza aunque nos dé temor, pongamos nuestra vida en manos del Padre y el transformará nuestras vidas, hará que su rostro brille como el sol, renovemos nuestra confianza y nuestro amor al Señor y acerquemos al misterio de la trascendencia.

Qué cuando el Señor pase por nuestra vida, cuando pase a nuestro lado tengamos la gracia de poder reconocerle en todo lo que nos rodea, en nuestras circunstancias, en la gente que el Señor pone en nuestro camino, que en todo podamos ver la mano de Dios, y afirmemos que bien estamos con el Señor y que con Él solo queremos morar.


Javier Abad Chismol.

martes, 4 de agosto de 2015

CURA DE ARS

SAN JUAN MARÍA VIANNEY

CURA DE ARS

Modelo de Párroco



Muchas veces nos preguntamos cual es el modelo de sacerdote que nos pide la Iglesia, como debe ser la persona que obedeciendo a la voluntad de Dios decide por gracia recibir el Sacramento del Orden.

Cuando contemplamos la vida sencilla del Cura de Ars, nos damos cuenta de que el Señor no pide grandes hombres, ni muy inteligentes, ni sabios, pide ante todo y sobre todo hombres de Dios.

He reflexionado en ocasiones qué tipo de cura me pedía el Señor que fuera, o si estaba a la altura de tan noble misión. La vocación no es una decisión personal, la vocación es la aceptación de una misión, que no tiene por qué ser lo que uno quiere, recordando la frase del Evangelio; “si el grano de trigo no muere no da fruto”. La vocación es ir muriendo a uno mismo para entrar en gracia con el Señor y con nuestros semejantes.

El sacerdote es un servidor de Dios en los hermanos, proclama la Palabra de Dios con entusiasmo y alegría, el sacerdote debe llevar la alegría de anunciar el Evangelio.

El cura de Ars era un hombre austero y de oración, pedía por sus feligreses, por su conversión, pasaba largas horas en el confesionario atendiendo a los penitentes que venían de todos los lugares. El primer paso para la conversión es el reconocimiento de la culpa.

La sencillez, el servicio a los pobres, la predicación que tanto le costaba, y su dedicación sea para nosotros estímulo en la vida y que descubramos que el Señor mira en lo más profundo de nuestro corazón. Aprovechemos esta memoria para pedir por todos los sacerdotes.

Javier Abad Chismol


sábado, 1 de agosto de 2015

SEMANA XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2015

SEÑOR, DANOS SIEMPRE DE ESE PAN


El hombre siempre quiere vivir con seguridades, no se resigna a vivir con temor o con incertidumbre, queremos poder respirar tranquilos, no tener miedo a perder el trabajo, nuestro status, nuestros seres queridos, todo aquello que hemos conseguido. Queremos salud, nos anclamos en la llamada sociedad del bienestar, nuestras necesidades cubiertas, y el resto basado en la cultura del ocio.

Ese es el gran error, querer estar instalado y nada de sufrir, pero eso no es la vida, esa no es la condición natural del hombre, un hombre que fabrica y engaña a la sociedad haciéndole anhelar y creer en lo que no es posible, una especie de mundo idílico.

Nos anclamos en lo material y corporal pero abandonamos la dimensión más importante de la persona, la fundamental, la espiritual, nos preocupamos de dar de comer nuestro cuerpo, de tener cobijo, de nuestras seguridades, pero luego dejamos nuestra alma, nos alimentamos de lo que caduca, pero no alimentamos lo fundamental.

Los israelitas se enfadaron con el Señor y con Moisés porque les habían sacado de la esclavitud de los egipcios pero ahora morían de hambre en el desierto, llegaron incluso a odiar la voluntad de Dios. También nosotros nos pasa que cuando decimos si a Dios, cuando nos abrazamos a su voluntad creemos que todo nos tiene que ir bien, y estamos muy equivocados, el sí al Señor es una cuesta hacia arriba, llena de obstáculos, primero por morir a nosotros mismos y después por la incomprensión y el rechazo en el mundo.

Tenemos que revestirnos del hombre nuevo, morir al hombre viejo, eso significa cambio y conversión, no queramos decir si a Dios pero luego vivir como los no creyentes, lamentarnos por lo mismo, vivir como si Dios no existiera y construir nuestro reino y poder en el mundo. El creyente tiene que diferenciarse del incrédulo en su forma de afrontar los avatares de la vida.

Jesús nos dice que no busquemos el alimento terreno solo, que no nos saciemos sin más, que nos acerquemos a él con confianza, no por los milagros, por el poder, por los grandes signos, pidamos al señor el pan del cielo, aquel que perdura y nos lleva a la vida eterna. Es el alimento de nuestra alma que hace seguir adelante a pesar de las dificultades y además hacerlo con valentía y con esperanza.


Javier Abad Chismol