domingo, 1 de octubre de 2017

HOMILÍA, SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DE LA CABEZA 2017

DEVOCIÓN AL SANTÍSIMO Y A MARÍA



Contemplar a María, es contemplar a la Madre de toda la humanidad[, a nuestra madre, ella por puro amor nos abre la puerta de la salvación por ser la Madre de Dios[.
En esta reflexión contemplamos la grandiosidad de Dios y un amor profundo a todo el género humano.
La devoción mariana nos viene de la mano de San Juan de Ribera, que en momentos de escepticismo de su época, momentos de la búsqueda de otras inquietudes religiosas, supo decir sí a María. Se negaba en aquel entonces la maternidad de María como Madre de Dios, sus diversas imágenes de culto popular provocaban confusión, pareciendo que hubiera diferentes formas de ver a María, y para evitar ese error se querían eliminar y que no se les diera culto.
Por este motivo San Juan de Ribera quiso que su querida diócesis de Valencia fomentara la devoción mariana. Precisamente esto fue lo que le llevo con los años a que entregar una réplica de la imagen de la Virgen de la Cabeza desde Andújar, porque le tenía una gran devoción, la entregó al pueblo de Burjassot, para que se venerara a la Madre de Dios. Dicha imagen se custodia en la ermita de san Roque y la Virgen de la Cabeza.
Esa imagen se encuentra situada en el centro de Burjassot, como si fuera un signo evidente de que María debe estar en el centro de nuestras vidas y así ella nos lleva al Hijo.
María tiene sentido en cuanto creyente porque nos lleva a la fe, porque nos lleva al encuentro pleno con la verdad. Estar cerca de María es acercarse en Espíritu y en verdad[3], a aquello que da sentido a nuestra existencia, que coloca en el lugar que le corresponde al hombre.
Por eso decimos que María es el antídoto, la curación, la vacuna, contra el pecado, contra las fuerzas del mal; Ella es capaz de aplastar la cabeza de la serpiente; con María el demonio es vencido, porque Ella puede quitarle la careta con la que se encubre de atractivo y belleza terrena, y con la que lleva al hombre a su perdición por la seducción del mal y el pecado.
María es la nueva Eva, es la obediente, dócil y humilde, ante la soberbia, la autocomplacencia de la desobediencia de Eva por ambición de querer sobrepasar a Dios.
Eva quiso superar a Dios en cambio María se declaro la esclava del señor. También nosotros en nuestra libertad podemos elegir ir con Eva o con María, ¿Quién triunfará en nuestra vida?
Nunca olvidemos que el mal es atractivo, fácil, y el bien es esfuerzo, sacrificio, es entrar por la puerta estrecha. Oremos al Padre para acertar el camino correcto[7], esa es la clave que tenemos que ejercitar para descubrir las intenciones del maligno, para ese mal disfrazado que se nos ofrece atractivo al igual que hizo la serpiente con Eva. María vence al Mundo, pero está en el mundo, caminemos con Ella y venceremos al poder de las tinieblas.
Para San Juan de Ribera había dos fuentes fundamentales en la vida del creyente, una de ellas era el Santísimo Sacramento del Altar y la otra era la devoción Mariana. Dos pilares fundamentales para alimentar nuestra fe cada día.
San Juan nos revela donde tenemos que reposar nuestra vida, donde tenemos que poner nuestros anhelos, para que de este modo tengamos una vida plena y santa ante los ojos de Dios.
El Santísimo Sacramento es la forma evidente en la que el Señor se hace presente y se manifiesta que vino al mundo para quedarse, para que pudiéramos contemplarle y adorarle; y cada vez que recibimos la comunión, el mismo Señor se hace presente y pasa a formar parte de nosotros mismos, convirtiéndose en alimento para la vida eterna, para entrar por la puerta de salvación que nos abre nuestra Madre del Cielo.
El modelo de vida y de santidad que se nos propone a los creyentes debe ir de la mano de María, como aquel niño pequeño que agarra fuertemente la mano de su madre porque de esta manera se siente seguro y protegido. Así tenemos que ir en la vida, cogidos fuertemente de la mano de María que nos lleva a Jesucristo y este a su vez a la verdad plena.
La verdad es la manifestación de que el Señor es el Creador de todo, que se hace presente y nos muestra el camino, que se basa en la construcción de nuestra propia felicidad.
María nos debe llevar a la sensatez y a la verdadera sabiduría, no olvidemos nunca que la sabiduría es saborear la verdad. La sensatez es escoger siempre la parte que agrada a Dios, la parte que nos lleva a la plenitud, ¿Cómo saber si obedecemos a la verdad o a mi propia autocomplacencia? Es relativamente fácil, si con el paso del tiempo cada vez somos más dóciles al Señor, si le amamos más día a día y a su vez esto se plasma en las acciones hacia mis hermanos, es que estamos por buen camino.
Podemos creer saber de Dios, de religión, de tradiciones, de devociones, pero si no hay encuentro personal no puede haber conversión. Se puede saber mucho, pero no haber experimentado para nada y por lo tanto no poder transmitir aquello que no se ha vivido como una experiencia personal de encuentro con Dios. Se pueden fabricar ídolos, o amuletos, con formas de santos o imágenes, incluso de la madre de Dios, sin encuentro no ha y nada, es mito, es idolatría de culto vacio.
Experimentar en nuestra vida la fe, es lo que tenemos que hacer y vivir ante el Santísimo, ¿Cómo alabar al Santísimo Sacramento sino tengo caridad ni sensibilidad? No puede ser un culto vacío tradicional, debe ser algo mucho más grande y lo mismo ocurre ante la devoción a María.
Tenemos que querer caminar junto a María y eso es experimentar sus virtudes y cualidades. Al igual que nos pasa con las personas, cuanto más cerca estamos de alguien más nos parecemos o se nos pegan actitudes y pensamientos, de la misma manera estando con María todo el tiempo posible, experimentaremos esa transformación en nuestra vida y nuestro corazón, nuestra fe se plasma no en el número de rezos, ni el culto, sino en que bebemos de la humildad de María que nos transforma.
Que María sea nuestra madre y maestra, nuestra guía en la vida que en ocasiones es un valle de lágrimas, que aprendamos como ella a guardar todo en el corazón[13], aunque no comprendamos, ni entendamos nada, eso es precisamente la fe, y ella es modelo de fe, porque creyó, aun sin comprender y acepto el mandato divino afirmando un Si a la invitación del Padre para ser la puerta de la salvación.
¡Cómo nos cuesta a todos aceptar los acontecimientos negativos de nuestra vida! Nos revelamos, nos enfadamos incluso con Dios y con María también cuando nos parece que no es justo o que no se nos quiere, o que no se escuchan nuestras plegarias. Debemos seguir adelante en todo momento esa es la fuerza de María.
Alimentados con el pan del cielo y caminando de la mano de María, es cuando podemos estar preparados para ser testigos valientes del Evangelio, capaces de afrontar cualquier circunstancia, porque tenemos marcada la ruta y sabemos hacia dónde vamos y que en ese camino de la vida no estamos solos, que la gracia del Espíritu santo habita en nosotros, y ahora tenemos que transmitir sin temor la verdadera opción por la verdad y por la Buena Noticia del Evangelio.
El mensaje no es para guardarlo, es para darlo, es para anunciarla y gritarla en las plazas y azoteas y que no debe ser callada por el temor a la persecución, porque la valentía es seguir como María hasta el final, hasta el pie de la cruz.
Nuestro mundo no nos enseña a sufrir, ni a afrontar con entereza las situaciones de dolor, por este motivo tenemos que caminar con María, para que cuando lleguen, que llegarán, los momentos del Calvario y del Gólgota podamos seguir adelante y no desfallecer,
Se nos quiere vender un mundo sin dolor, un mundo maquillado que contrasta con la realidad que nos encontramos: guerras, violencia, mentiras, odio, fanatismo, terrorismo, ideologías impuestas.
Necesitamos volver a Dios, nuestro mundo necesita a Dios, nosotros mismos que nos consideramos creyentes, tenemos que purificar nuestra fe, volver, retornar a Dios.
Nos vamos apartando del Señor, por todos los ruidos de este mundo y nos hacen incluso perder el rumbo y dudar de Él. El demonio maquilla todo de bien y nos hace caer en el relativismo moral, para que perdamos la capacidad de discernimiento  de lo que está bien o está mal, de lo bueno y lo malo, y así de esta manera pervertir nuestra conciencia, al igual que le ocurrió a Adán y Eva en el ofrecimiento del demonio.
Veneremos a nuestra Madre María y al Santísimo Sacramento.
Javier Abad Chismol








miércoles, 27 de septiembre de 2017

OCTAVO DÍA DEL NOVENARIO

MARÍA Y EL PODER DEL AMOR




Cuando contemplamos el rostro de María sale de lo más profundo de nosotros un gesto de ternura y de amor, especialmente cuando nuestra Madre del cielo sostiene al Hijo de Dios en sus brazos, gesto de amor, de dulzura, gesto de lo mejor que tenemos dentro de nosotros por ser Hijos amados de Dios.
La vida sin amor no es nada, es vacía, es absurda, porque el amor es lo que da sentido al existir del género humano, el amor es encontrar la razón de ser de nuestra existencia, es poder mirar hacia adelante y ver que tiene un fin todo aquello por lo que luchamos en nuestra vida y que nos indica nuestro lugar en mundo, no como un absurdo, sino como que la vida vale la pena vivirla y hacerlo además con intensidad, con plenitud.
La vida sin amor es como un desierto árido y sin vida, como un jardín sin flores. El amor nos lleva a la inmortalidad, nos acerca a Dios, a nuestro Creador, en cambio el odio, la mentira, la corrupción, nos lleva a la mortalidad, y al sin sentido de la vida. Como María, debemos optar por la vida. Optar por la vida y por el amor es aceptar y cumplir la voluntad de Dios con docilidad de corazón, como María, es decirle al Señor que nos fiamos, a pesar de que no entendamos nada, de que nos cueste distinguir el camino, o incluso a donde vamos, es fiarse de Dios con amor, con confianza y dejar a un lado la razón y la lógica, es aprender a trascender todo aquello que vemos a nuestro alrededor es la forma de empezar a ver a Dios en nuestros hermanos y en todo lo que nos rodea.
El Señor se manifiesta por amor, y lo hace con mayor intensidad cuando le abrimos nuestro carazón, cuando le dejamos que entre en lo más profundo de nuestro ser, de nuestra alma[.
Los mandatos de Dios se resumen en el amor, en amarle sobre todas las cosas, tener el convencimiento que poner al Padre en el centro de nuestra vida, que amarle sobre todo, es amar a la humanidad, es amar a nuestro hermanos, es aceptar con claridad absoluta que quien ama a Dios ama al hermano, ama a los que el Señor nos pone delante en nuestra vida en cada momento, esa es la forma de experimentar la misericordia de Dios, en amar no sólo a los que queremos o amamos, sino a los que salen a nuestro paso en el camino, debemos como María aprender a amar con mayúsculas, una amor además que se expanda a nuestro alrededor.
Es bien cierto que el amor dado no es proporcional al amor recibido, pensemos por un momento el sentimiento de María, que habiendo obedecido la voluntad de Dios, tiene que ver el castigo que esta recibiendo su hijo sin haber realizado nada malo, por predicar el amor de la Buena Noticia, y María guardaba y lloraba con la misma ternura que tuvo cuando tenía a su hijo en brazos, pero ahora lo veía en lo alto de un madero, lo veía ajusticiado injustamente como un malhechor, no olvidemos nunca que el amor no siempre se responde con amor, pero no por ello hay que dejar de amar, de predicar el Evangelio del amor.
Al atardecer de la vida, se nos juzgara por el amor, por el amor que dimos a los demás, y no será un juicio por el amor que hemos recibido, será un examen de esfuerzo, de generosidad plena por amar de verdad, y ese amar verdadero nos habla de perdón, ¿Cómo vamos amar si no somos  capaces de perdonar? El amor no es un estado de perfección, el amor es apertura a crecer como personas, a vivir en un intento de ser cada día mejores, y eso se consigue en el amor a Dios y en consecuencia a nuestros hermanos.
Debemos aprender a ejercitar el amor, cuando alguien te insulta, te ataca, se burla y te hace daño, practica la misericordia de Dios que se manifiesta en lo que podríamos llamar los enemigos, que son aquellos que nos hacen mal o que buscan nuestra perdición. Si el odio, el rencor se apodera de nosotros, la caridad se va marchitando en nuestro corazón, y es entonces que ya no estaremos capacitados para amar, porque no nos saldrá del corazón. Nuestra fuente es el amor del Señor y de nuestra Madre María, es ahí donde conseguiremos la verdadera fuente del amor, el agua viva que nos purifica y nos enseña a amar aunque nos odien, o nos persigan, aunque deseen nuestra perdición; abandonemos los bajos instintos de la venganza o del ajusticiamiento, por muy lícito y justo que nos parezca y llenémonos de la gracia y el poder del amor de Dios.
No hagamos caso de nuestro corazón herido por el mundo, por las personas que están a nuestro alrededor y nos desprecian, o simplemente esperan a ver por donde tropezamos para empezar a atacar; envolvámonos del amor, del amor materno de nuestra madre, un amor que no espera más compensación que la del puro amor.
Contemplemos el rostro de María, contemplemos, la paz del corazón, y podamos descubrir así la fuerza y el poder que se manifiesta en la caridad verdadera y auténtica. Cuando se da amor en lugar de dar odio o sentir rencor, se abre una puerta a la esperanza y a la confianza en el ser humano, en la certeza total y absoluta de que el amor lo traspasa todo, lo invade todo; y esa es su fuerza, el hecho de que no se responde como lo espera el mundo, que la reacción del amor se hace incomprensible para la razón y la lógica humana.
Un corazón encendido aviva la llama de otros corazones, de esta manera la llama del corazón del creyente debe avivar a los hombres, para ser luz para todos, para que esa luz, que es signo de amor, pueda pasar de unos a otros, y además que nos lo creamos de verdad, sin dudar, que no nos dejemos vencer por el mundo y por la falta de ilusión, que no se apague la llama del amor en nuestras vidas, que permanezca encendida, a pesar de la dificultad, de la adversidad, aunque esa llama en ocasiones pueda bajar de intensidad, o incluso parezca que se está apagando, esa llama que es la fuerza del amor se reaviva por la propia caridad y porque el Señor nos enciende en el amor, que es quien nos da la fuerza para poder entregar esa llama y pasarla como un relevo a los demás, es la transmisión de la fe, no basada solo en normas, costumbres o tradiciones, es la transmisión del amor de Dios y de su fuerza.
Que todo lo que hagamos, que todo lo que tengamos que decir y que manifestar sea por puro amor, y para ello no olvidemos que no somos los protagonistas, María y José supieron cumplir su misión para con el Mesías, al igual que Juan Bautista, esa es la fuerza verdadera del amor, que se respetan los lugares y los tiempos, que no hay ambición sino vocación de servicio y entrega. Cuando en nombre del amor o del nombre de Dios nos buscamos a nosotros mismos y nuestro propio triunfo personal es cuando realmente hemos desvirtuado el amor, aunque estemos revestidos de ella, podemos hacer de nuestra misión religiosa nuestro propio trampolín. Aprendamos a poner a Dios en el lugar que le corresponde, no le arrebatemos  por ambición el lugar a la caridad y a la entrega.
El amor del creyente tiene que manifestarse en la entrega, pero una entrega por amor, sin esperar ningún tipo de compensación más que cumplir la voluntad de Dios. Él debe ser el centro de nuestro actuar, el fundamento de nuestra vida que se plasma en los hombres; y por lo tanto nuestra misión es la de llevar a Dios a todos los hombres de palabra y de acto. El amor verdadero es este, no el que el mundo nos vende como amor libre y sin ataduras, como si Dios nos privara de la libertad, algo que no es cierto. El amor de Dios viene a romper las cadenas que nos esclavizan, las cadenas de un amor que pervierte, el del mundo, y que nos hace que acabemos perdidos y desorientados.
María obedecía, amaba, y actuaba en silencio; con la sabiduría que da la fe en el Señor, una sabiduría que no entiende de saber humano y de conocimiento, es la sabiduría de conocer que se está en la verdad, y esto hace que nos pongamos en manos de Dios aun sin saber muy bien que nos acontecerá o que ocurrirá; amar, obedecer, cumplir y descansarse en la única verdad.
Una verdad y un amor que lleva a la libertad, como María que acepto los planes del Padre para Jesús, no creía que su hijo fuera de su propiedad. Algo que piensan algunas madres y esto les hace sufrir, porque cuando el hijo toma algún tipo de decisión les da la impresión de que lo pierden o simplemente que no hace lo que ellas quieren. El amor de María es cumplir la misión que se le encomienda, es fiarse a manos llenas y confiar, esto sin quitar un ápice del sentimiento humano, pero Dios está por encima de ella misma.
Confiemos en el poder del amor, confiemos en el poder de Dios que no viene a privarnos de nada sino que viene a dárnoslo todo, vivamos y sintamos en nosotros la ternura de una madre, de María que es madre nuestra y que nos instruye en la senda del amor, de la entrega y de la confianza en el designio de Dios para toda la humanidad y para cada uno de nosotros.
Javier Abad Chismol




Presentación del libro MARÍA modelo de nuestra fe.