miércoles, 13 de septiembre de 2017

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario A


EL PERDÓN NOS ABRE A DIOS


El perdón es uno de los grandes retos para el ser humano, perdonar a quien te hace mal, a quien te ofende, perdonar que no es consentir el mal de una manera inocente, ni consentir que el mal se apodere de uno, es perdonar con misericordia y comprensión, poniéndose en el lugar del otro, y entender que el pecado es muchas veces fruto de la ignorancia y de la ausencia de Dios.

Perdonar los pecados es un designio divino, es una forma de demostrar la grandeza de Dios y darnos cuenta de nuestra pobreza, es poder demostrar al mundo que la fuerza del amor es posible si contamos con el Creador, si dejamos que Dios sea Dios, y le damos autorización para que entre en nuestras vidas y nos haga hombres nuevos capaces del perdón y de la misericordia.

El rencor y el odio pudre nuestro corazón, la sed de venganza solo lleva a la insatisfacción, amar y perdonar regenera el alma y purifica los sentimientos. El libro del Eclesiástico nos dice que el perdón es sabiduría y que el rencor es necedad, el perdón nos hace ser mejores personas y el odio solo nos llevara a nuestra propia destrucción, al no perdonar nos destruimos a nosotros mismos, y por lo tanto incumplimos el amor al prójimo y a uno mismo, nos cerramos al amor de Dios.

Perdonar el error del otro es ser misericordioso, porque al perdonar estamos entrando en la gracia de la misericordia, y también reconocer que cada uno de nosotros también pecamos, y que cuando nuestra actitud no es acertada también queremos la comprensión de los demás. Perdonar que no sea justificar el mal, el pecado, sino que sea abrirse a la conversión.
Sí queremos vivir en plenitud, tenemos que acercarnos al Señor, estar sin Dios es como si ya estuviéramos muertos, vivir es estar en la gracia, y misericordia es amar la vida, es saborear cada momento como un regalo de Dios que nos ha otorgado a cada uno, siendo conscientes de nuestra limitación y de nuestra finitud en este mundo, si vivimos para el Señor morimos para el Señor, en la vida y en la muerte somos del Señor, y el encuentro con el Padre es amor y perdón.

¿Cuántas veces tengo perdonar? Es una pregunta que muchos se hacen, incluso piensan que eso debe tener un límite, y eso no es así, el perdón no tiene un cupo, el perdón es siempre, el Señor contesta hasta siete veces siete, que es la plenitud de los tiempos, que es la misericordia de Dios que perdona e ilumina nuestras vidas ante la culpa, que es en definitiva la condición del perdón, propósito por superar nuestros pecados y nuestra debilidad y no hacerlo solo por nuestros méritos sino hacerlo como don.

El Señor les explicaba para que comprendieran a que se parecía el Reino de los Cielos, la historia de un rey que tenía que ajustar cuentas con uno de sus súbditos y lo llamo a uno de ellos que le debía una considerable cantidad de dinero, como no podía pagarlo el rey decidió castigarlo por la deuda, pero al final el rey tuvo lastima y le perdono.

Al poco ese mismo empleado que había sido perdonado resulta que  un compañero tenía una pequeña deuda con él, y no fue capaz de perdonarle y le denunció para que lo metieran en la cárcel. Cuando el rey se enteró de la actitud de aquel a quien había perdonado, mando que le condenaran hasta que pagara toda su deuda, le llamó ¡siervo malvado! Por la actitud que había tenido, que es la capacidad de no perdonar, y además del egoísmo, de pensar solo en sí mismo sin pensar para nada en los demás.

Ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo es misericordioso, el amor, la caridad, la generosidad, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, emanan del acercamiento a Dios, sentirnos perdonados y amados por el Padre para que luego nosotros podamos hacer los mismo, dejar que Jesús sea nuestro maestro en el caminar de la vida, de esta manera tendremos un corazón abierto al amor, abierto a la gente, solidario y tolerante, pero a su vez ser buscadores de la justicia para que triunfe el bien en nuestro mundo, un mundo muchas veces demasiado egoísta, sin empatía, y que se mira demasiado el ombligo, en definitiva, generosidad y amor de Dios en nuestras vidas.

Javier Abad Chismol





miércoles, 6 de septiembre de 2017

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A


SOMOS RESPONSABLES DE NOSOTROS Y DE LOS 

DEMÁS


Todos somos responsables de lo que pasa a nuestro alrededor, y de alguna manera cómplices de todo lo que acontece, tanto de lo bueno como de lo malo. Por lo tanto somos responsables de nuestra salvación y también de la de nuestros hermanos.

A veces consideramos que si vamos a lo nuestro y no hacemos mal a nadie ya hemos cumplido, pero en el juicio de Dios también cuentan nuestros hermanos y el cumplimiento de la voluntad de Dios, esto es vital para que entendamos de verdad que significa ser cristiano en autenticidad y en verdad.

Así hablaba el Señor al profeta Ezequiel, y es que tenía que avisar al malvado de que cambiara de actitud y que si no lo hace morirá por su culpa, si el malvado no es corregido, si no se reprende y se busca la justicia, también existe el pecado de omisión. No nos podemos quedar de impasibles o como espectadores ante el pecado y la maldad, tenemos que socorrer al que sufre el peso del mal y a aquellos que lo hacen, invitarles a que cambien de actitud, que transformen sus corazones y vuelvan a la senda del bien. Podíamos decir de esta manera que el mal, el pecado, la corrupción tiene dos víctimas, el que actúa y el que sufre las consecuencias del pecador.

Como creyentes, como cristianos tenemos que anunciar al Señor y la verdad, ser como las palabras del profeta, que anuncia y denuncia, algo que no es cómodo ni fácil,  pero es el único camino para la conversión.

Si no anunciamos, si no recriminamos al pecador, nos condenaremos por no hacer nada y además cerramos las puertas a la salvación.

Hoy nuestro en mundo no entiende ni comprende la fuerza del amor, porque el amor es darse al hermano, es salir al rescate del otro, todo se resume en ver a Dios en los demás, incluso en las personas más perversas y que hacen daño a los demás. Podemos saber lo cerca o lejos que estamos del amor de Dios por nuestra capacidad para perdonar, por nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro, y porque entendamos que el amor no es consentir todo, el amor es corregir, el amor es anunciar a Cristo, y denunciar con todo el respeto cuando alguien se equivoca y va por el mal camino, amar no es consentir todo, un buen padre no es aquel que le deja a su hijo hacer lo que le da la gana, es el que sabe orientar lo, corregirlo con amor para que vaya por el buen camino y haga de su existencia una vida de provecho y de amor, y para ello a veces a que decirlo o recriminar la mala actitud para que no sucumba en el pecado y se acabe destruyéndose a él o al prójimo.

Se nos propone la corrección fraterna, ser capaces de corregir a nuestro hermano, y se nos dice que primero lo hagamos a solas, que si estando a solas nuestro hermano hace caso omiso de lo dicho, entonces llamemos a un tercero para que intervenga pata así mediar e intentar llegar a un acuerdo, sino buscar testigos que ponga en evidencia una actitud hostil, y si después de intentarlo varias veces no hace caso, lo lícito es decirlo a todos para que quede al descubierto el mal, y además su mala intención de no rectificar para frenar ese mal.
Hoy nos dice el Señor que nada de quedarnos de brazos cruzados ante las injusticias del mundo, que no creamos que somos más buenos porque nos callamos lo que ocurre a nuestro alrededor, o porque miramos para otro lado, o porque me pensamos que pareceremos mejores a liándonos con el mal y no interviniendo. Jesús se acercaba a los pecadores no para aplaudir el pecado, sino para llevarlos al buen camino y a la conversión. Lo que nos dice es que seamos prudentes, que agotemos los cauces necesarios para los cambios y la solución de los conflictos, pero que luego seamos capaces de defender la justicia y la verdad y no caigamos presos de los que ocurre en ocasiones, intentándonos adaptar al mundo o incluso justificar el pecado.

Hay que reconocer que todos somos pecadores y que tenemos que estar abiertos a la conversión, ¡ojala, no endurezcamos nuestro corazón! Que seamos capaces de escuchar la voluntad de Dios, y que como a los profetas, se nos de la valentía del anuncio y de ser capaces de decir lo que se tenga que decir y hacer en cada momento, que vivamos en conversión y atentos a la denuncia del mal y la justicia para que predomine el amor de Dios en el mundo.

Javier Abad Chismol