viernes, 4 de agosto de 2017

SAN JUAN MARÍA VIANNEY , modelo de párroco

CURA DE ARS

SAN JUAN MARÍA VIANNEY


Modelo de Párroco




Muchas veces nos preguntamos cual es el modelo de sacerdote que nos pide la Iglesia, como debe ser la persona que obedeciendo a la voluntad de Dios decide por gracia recibir el Sacramento del Orden.

Cuando contemplamos la vida sencilla del Cura de Ars, nos damos cuenta de que el Señor no pide grandes hombres, ni muy inteligentes, ni sabios, pide ante todo y sobre todo hombres de Dios.

He reflexionado en ocasiones qué tipo de cura me pedía el Señor que fuera, o si estaba a la altura de tan noble misión. La vocación no es una decisión personal, la vocación es la aceptación de una misión, que no tiene por qué ser lo que uno quiere, recordando la frase del Evangelio; “si el grano de trigo no muere no da fruto”. La vocación es ir muriendo a uno mismo para entrar en gracia con el Señor y con nuestros semejantes.

El sacerdote es un servidor de Dios en los hermanos, proclama la Palabra de Dios con entusiasmo y alegría, el sacerdote debe llevar la alegría de anunciar el Evangelio.

El cura de Ars era un hombre austero y de oración, pedía por sus feligreses, por su conversión, pasaba largas horas en el confesionario atendiendo a los penitentes que venían de todos los lugares. El primer paso para la conversión es el reconocimiento de la culpa.

La sencillez, el servicio a los pobres, la predicación que tanto le costaba, y su dedicación sea para nosotros estímulo en la vida y que descubramos que el Señor mira en lo más profundo de nuestro corazón. Aprovechemos esta memoria para pedir por todos los sacerdotes.


Javier Abad Chismol

miércoles, 26 de julio de 2017

Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A


PÍDEME LO QUE QUIERAS



Es vital para el creyente la alabanza y la petición, que es lo mismo que dejar que el Señor sea el centro de nuestra vida, y a su vez reconocer que nuestra fortaleza no viene de nosotros por méritos propios, sino que nuestra fortaleza viene del Creador,  y que cuando dejamos a Dios ser Dios, es cuando somos verdaderamente fuertes.

Salomón ora a Dios, habla con el Padre, ve su pequeñez, se ve joven, un muchacho falta de habilidades para desempeñar la tarea de gobernar al pueblo, pero Salomón que es sensato y sabe pedir, pide con sabiduría y prudencia, pide un corazón dócil para poder discernir el bien y el mal. El Señor alabó a Salomón por no pedir ni poder ni riquezas, porque pidió discernimiento, capacidad de escuchar, un corazón sabio e inteligente.

También nosotros tenemos que aprender a pedir, que nuestra petición no se centre solo en nuestro bienestar, que salgamos de la dimensión de uno mismo para mirar en clave de comunidad y de generosidad, que el señor nos de sensatez para gobernar nuestra vida y para aportar a la sociedad y a todo aquello que nos ponga el Señor delante, en definitiva que aprendamos a vivir.

Es amar la voluntad de Dios para cada uno de nosotros en la vida, hacer de su voluntad nuestra voluntad, el que ama al Señor ama el bien, porque ese el designo de Dios que es el bien. Con ese convencimiento querremos abrazarnos en los brazos del Señor, un abrazo de Padre que sabe lo que nos conviene y aquello que calma la ser del corazón.

Esa voluntad, que es verdad, que es sabiduría, es revelada en la sencillez de lo pequeño, de la pobreza, de lo sencillo, porque se esta manera nadie queda fuera, de ahí la predilección del Señor por los pobres, por los débiles y por los más pequeños.

Tenemos que seguir la senda que nos dan las parábolas, las palabras de Jesús para que entendamos la venida del Reino de los Cielos a todos nosotros, y que ese Reino empieza aquí y ahora.

El Reino es un tesoro escondido que aquel que lo encuentra lo deja todo porque ha encontrado lo más valioso, aquello que vale la pena. No es un tesoro lleno de riquezas y de oro, ni de perlas finas, ni lleno de esencias de poder, sino que el tesoro se basa en la sabiduría y en la sensatez que es cumplir la voluntad de Dios.

Es venderlo todo por el Señor, es darle lo mejor de nuestra vida, también nuestros defectos, nuestros pecados, el Señor nos ama con lo que somos, también en nuestra debilidad, pero Él cuenta con ello porque es nuestro Padre y sabe nuestra condición, no nos frene ponernos en camino nuestro pecado, nuestra pobreza y nuestra limitación.

El Reino de los cielos es como una red que recoge peces buenos y malos y luego el juicio misericordioso de Dios es de amor, se selecciona no por su valía, sino por su sensatez y aceptación de la verdad.

Dejemos a Dios ser Dios, sepamos pedir lo que nos conviene, y sepamos que el Reino de los Cielos ya está con nosotros, que su encuentro es tan grandioso que estamos dispuestos a venderlo todo por el Señor.

Javier Abad Chismol



miércoles, 19 de julio de 2017

Domingo XVI del Tiempo Ordinario Ciclo A

NO HAY OTRO DIOS


Reconocer a Dios como el Señor de nuestra vida, y no hacerlo por ningún tipo de servilismo, es hacerlo por amor, un amor que solo se experimenta al sentirse amado de Dios, el que da sentido a nuestro vivir, el que hace que todo lo que vivimos y sentimos tenga sentido, aquello que nos da ganas de seguir adelante a pesar de la dificultad y de la adversidad.

No busquemos otros dioses, ni los fabriquemos, ni juguemos a ser nuestros propios creadores, porque entonces nos  creeremos ser lo que no somos, nos inventaremos un prototipo de hombre, de sociedad, que no es real, que es fruto de nuestra soberbia de querer ser como Dios, o de querer incluso superarlo, pisarlo o anularlo, y creernos así los amos, de ser poderosos y dueños del mundo.

El Espíritu viene a nosotros para ayudarnos a seguir adelante, para que sea nuestro aliento y nuestra esperanza, el Espíritu suple nuestra debilidad, y nos ayuda a vencer la tentación del pecado que nos lleva a la soberbia, a la autosuficiencia, y de esta manera, vernos como hijos  necesitados del Padre, no por sumisión, sino por entrega y así darnos cuenta de que en la debilidad está la fortaleza. El Señor escudriña nuestros corazones y nos transforma para encaminarnos a la salvación.

Pero mientras llega el momento, el hombre justo y el impío viven juntos, el trigo y cizaña, el bien y el mal, y debemos seguir adelante, y esperar que el Reino de Dios vaya llegando a nosotros. Uno puede tener buenas intenciones en su obrar, pero el maligno siembra el pecado, la cizaña, y en muchas ocasiones destruye las buenas intenciones. Cuantas veces las buenas obras de generosidad o de servicio a los demás se estropean y acaban siendo corrupción, el mal hace mella en nosotros y arruina los buenos proyectos.

Pero también nos dice el Señor que tenemos que convivir con el pecado y la miseria, y que siempre hay oportunidad de redención mientras hay vida, y por eso el trigo y la cizaña deben crecer juntos hasta el día de siega, del juicio.

El Reino de Dios crece en el mundo y en nosotros, solo tenemos que dejar que este actúe en nosotros, es como el grano de mostaza, que aunque es pequeño, crece y se hace un árbol majestuoso.

Escuchemos la Palabra de Dios, no dejemos que triunfe el mal de nosotros, seamos valientes en nuestras decisiones, no hay otro Dios, que no nos engañen, y dejémonos llenar del Espíritu para que nos guie por el buen camino y nos de valentía para vivir en un mundo que parece muchas veces que este perdido, que nos hace incluso perder la esperanza en el ser humano. Sigamos el rumbo que lleva al sentido de la vida y a su vez creamos en la justicia divina que es la verdadera y que llegará al final de los tiempos.


Javier Abad Chismol