viernes, 4 de septiembre de 2015

EFFATHA

DIOS CURA Y SALVA
Semana XXIII del Tiempo Ordinario (B-2015)




Decid a los cobardes, “Animo no temáis”, nos trasmite el Profeta Isaías, nos dice que estemos en pie y alerta, que no nos desmoralicemos a pesar de la dificultad o del abandono aparente de Dios, que sepamos sobrepasar las limitaciones de nuestra condición humana, porque el Señor hará que venzamos y que superemos a nuestro enemigo.
Se despegaran los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán, brincara el cojo, la lengua del mudo hablará, habrá agua en el desierto, en definitiva Dios viene a dar una nueva vitalidad a la humanidad, a superar los miedos y des mascarar al enemigo.
Cuando estamos lejos del Señor somos como tierra reseca, como en el desierto, somos ciegos porque no vemos la verdad, porque no vemos al Señor, cojos porque no caminamos, porque no avanzamos en nuestra vida, porque andamos perdidos e impasibles, y mudos porque no hablamos de la verdad, porque callamos sumergidos en nuestra propia mentira.
 Y ver, es mirar con los ojos de la fe, del cariño del amor, y para ello tenemos que romper los prejuicios humanos, aprender a pensar como Dios, no como los hombres, valorando lo que el Padre valora, que es el amor a los pobres, a los necesitados, a los cojos, a los ciegos, a los que tienen hambre y sed, a los que están perdidos por el desierto de la vida. Escojamos la pobreza y la misericordia de Dios, hagámonos pobres y seremos ricos, y convirtiéndonos en transmisores del Evangelio, de la verdad plena que nos conduce a la libertad, que rompe las cadenas que nos esclavizan y que nos convierte en tullidos inertes que pueden avanzar.

No nos creamos nunca mejor que los demás, sintámonos pobres y necesitados de Dios,  así seremos personas plenas. Jesús se acerca a nosotros, aquí y ahora toca nuestros oídos y nuestros labios, nos dice; “Effatha” (que significa ábrete), se nos capacita para recibir su Palabra, para escucharla para luego poder proclamarla y trasmitirla a todos nuestros hermanos.

Javier Abad Chismol


viernes, 28 de agosto de 2015

ESCUCHA LA VOLUNTAD DE DIOS

ESCUCHA Y SERAS PUEBLO SANTO Y

SENSATO

Semana XXII del Tiempo Ordinario (B-2015)



Lo más importante que podemos hacer los cristianos es tener un espíritu dócil a la voluntad de Dios, es decir, que muchas veces andamos extraviados, como ovejas sin pastor, perdidos y sin rumbo, pero si esto nos pasa es sobre todo porque no sabemos escuchar, porque vamos cegados por nuestros avatares diarios, con nuestras cosas, y por lo tanto no tenemos abierto ni el oído ni el corazón.

Sabemos cuál es la Ley, pero no la cumplimos, o si no la adaptamos. La lectura del libro del Deuteronomio nos habla del cumplimiento de la Ley de Dios, nos dice que no la deformemos, que no la aumentemos y que no la recortemos, en definitiva, se nos dice que no juguemos a ser dioses, que escuchemos y podremos caminar hacia la santidad y la sensatez.

El apóstol Santiago nos interpela a que escuchemos la Palabra, que esa Palabra tiene poder para salvarnos, que seamos dóciles a la escucha y a su cumplimiento, no nos podemos conformar solo con la escucha, porque puede ser que no estemos atentos, bien por dejadez o porque no nos conviene. Nuestra religiosidad auténtica consiste en que la Palabra y los Mandamientos dan fruto en nosotros, y se manifiesta con una caridad verdadera, ayudar a los más necesitados y no quedar contaminados por el mundo.

Por eso Jesús no invita a ser auténticos, a salir de la doble moral, a dejar ritualismo sin fundamento, no podemos honrar al Señor con los labios si nuestro corazón está lleno de odio y de rencor, nuestro alejamiento del Señor nos lleva a sacar de nosotros lo peor que llevamos dentro, que podamos siempre estar unidos a Él para que nuestra vida sea reflejo del amor de Dios.


Javier Abad Chismol

viernes, 21 de agosto de 2015

¿A QUIEN IREMOS?

TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA

Semana XXI del Tiempo Ordinario (B-2015)



Todos tenemos la tentación de fabricarnos nuestros propios dioses, de crear ídolos que se convierten en idolatría a la que pedir, a la que llorar o a la que implorar. El hombre vive en una existencia que es un misterio, el misterio de la vida, de su existencia, de su sentido, de su nacimiento y de su muerte.

¿A quién seguiremos? ¿Al único Dios verdadero que nos marca el sentido de nuestra vida o a dioses falsos fabricados por nosotros que se convierten en sucedáneos? No queremos al verdadero Dios, pero sí que queremos seres sobrenaturales, aclamaciones, queremos en definitiva esperanza, no creemos en la otra vida pero nos empeñamos en hablar con nuestros seres queridos difuntos, no creemos en Dios pero si en los astros y en la adivinación, en el fondo no creemos en nada, creemos en nuestra propia ilusión mental aquella que nos pueda dar un aliento de esperanza o de ilusión, pero todo en definitiva es vanidad si abandonamos al único y verdadero Dios.

Todo puede tener una solución y esto pasa por amar a la Iglesia, ¿y por qué a la Iglesia? Porque es la que nos marca el rumbo correcto, no por ella misma, sino por el impulso del Espíritu Santo, Cristo es la Cabeza y la Iglesia es su Cuerpo. Amamos la Iglesia no en cuanto hombres sino en cuanto voluntad del Padre, que quiso encarnarse mandado a su Hijo y creando ese puente de unión con los hombres que se da en los sacramentos por medio de la Iglesia.

La plenitud plena se nos da en la Eucaristía, en Cristo que se entrega por nosotros, él es el Pan de Vida, le necesitamos como viático, como pan para el camino. Muchos no lo quisieron seguir, no lo quisieron reconocer, negaron al verdadero Dios para caer en manos de la idolatría y de la comodidad, que sepamos optar por la verdad plena, la que nos conduce a la salvación y tiene semillas de vida eterna.


Javier Abad Chismol